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  • Jorge Domingo Ferrando

Spoiler Alert: la Unión Europea en la encrucijada (otra vez)

Actualizado: jun 6


Foto: EFE

La pregunta parece inevitable: ¿puede la Unión Europea (UE) convertirse en otra víctima del coronavirus? El filósofo e historiador holandés Luuk Van Middelaar, que colaboró con Herman Van Rompuy durante su presidencia en el Consejo Europeo, afirma en una entrevista en El Confidencial que “la Unión Europea consiste en exagerar los riesgos de forma colectiva para que podamos llegar a un acuerdo”.

“Cuando trabajaba para Herman Van Rompuy él solía decir, durante esas cumbres eternas con Merkel y Sarkozy, que solo era capaz de convencerles si pensaban que estaban justo al borde del precipicio y con un cuchillo en la garganta”, cuenta Van Middelaar.

Para el historiador holandés, esto significa que “la retórica de la supervivencia es parte de la respuesta política habitual” y nos invita a pensar que, al final, todo saldrá bien. La Unión Europea vivirá para contarlo.

Sin embargo, sigue quedando pendiente saber en qué condiciones asistirán algunos países europeos a ese relato de la victoria.

El debate sobre cómo abordar la reconstrucción económica de la UE tras los estragos que está causando la pandemia ha dejado al descubierto uno de los grandes puntos débiles de esta organización: la primacía de los intereses nacionales frente a los comunitarios.

Hay que reconocer que la Unión Europea ha jugado un papel central en la promoción de los derechos humanos y la democracia, además de impulsar el desarrollo económico y social en el continente.

No olvidemos que recibió el premio Nobel de la Paz en 2012 “por su contribución al avance de la paz, la reconciliación, la democracia y los derechos humanos en Europa”.

Sin embargo, ha sido en los momentos más difíciles cuando la UE se ha mostrado inoperante, ayudando a reforzar posiciones euroescépticas que están aflorando en todos los países.

La crisis financiera del 2008, el Brexit o la crisis de los refugiados han puesto de manifiesto la incapacidad para llegar a acuerdos en el seno de la institución y articular un frente unido ante los desafíos.

La historia parece repetirse una vez más al ver la dificultad que están teniendo los Estados miembro para dar una respuesta económica común ante la pandemia del coronavirus.

El último Consejo Europeo del 26 de marzo sirvió para escenificar nuevamente la brecha norte/sur que lastra el funcionamiento de la UE, con Italia y España pidiendo compartir la deuda generada en la lucha contra la Covid-19 y con Alemania, Holanda, Austria y Finlandia apostando fuerte por la política del sálvese quien pueda.

Aunque ya se han movilizado 540.000 millones de euros para apoyar a los Estados miembro y el Banco Central Europeo ha puesto en marcha el nuevo Programa de Compra de Emergencia por Pandemia (PEPP) para comprar bonos públicos y privados por valor de 750.000 millones de euros, no hay acuerdo sobre cómo pagar la enorme deuda que la crisis del coronavirus va a generar a muchos países ya endeudados.

Estos días se ha recordado mucho que la solidaridad es uno de los valores que inspira el proyecto europeo y, es más, sabemos ser solidarios: la UE destinará 15.600 millones de euros para ayudar a otras regiones del mundo en la lucha contra la pandemia. Lo que parece que nos cuesta más es serlo entre nosotros.

El expresidente de la Comisión y persona clave en la construcción de la UE, Jacques Delors, se ha pronunciado ante la crisis que afronta el proyecto comunitario y ha advertido que la falta de solidaridad "representa un peligro mortal para la Unión Europea".

Todo apunta a que esta solidaridad de la que habla Delors va a ser más necesaria que nunca, y no solo en la gigantesca labor de reconstrucción de la economía.

Hará falta solidaridad para dar una salida a las miles de personas refugiadas que se hacinan en condiciones inhumanas en las fronteras sur del continente. Hará falta para reforzar el papel de Europa en el mundo frente a gigantes como China, Estados Unidos o Rusia. Se necesitará mucha solidaridad para convertir el proyecto europeo en una alternativa al nacionalismo y a la extrema derecha.

También hará falta compromiso. Es necesario que los líderes políticos entiendan que estamos juntos en esto. Bueno, que estamos juntos en todo. La Comisión Europea no puede ser, como la define el historiador Bienvenido Maquedano, “el órgano más antieuropeo de todos en el sentido de que fomenta los 27 nacionalismos en oposición a la idea supranacional que representa o debería representar la Unión Europea”.

La interdependencia entre nuestras economías y, por tanto, entre nuestros sistemas del bienestar y nuestro desarrollo social, es enorme. Parece sensato pensar que los problemas de España puedan convertirse a la larga en los problemas de, por ejemplo, Holanda.

Mirar hacia otro lado e ignorar lo que pasa en el país vecino no es una opción cuando todos somos miembros de un proyecto común.

No podemos abandonar a Grecia o Italia en la necesaria labor –y el deber moral– de acoger a los refugiados que huyen de la guerra y el hambre. No podemos permitir que el Mediterráneo siga siendo la tumba de miles de personas que solo quieren una vida mejor.

Tampoco podemos ignorar el giro autoritario que Orban está perpetrando en Hungría o las posibilidades que tienen las formaciones de extrema derecha de gobernar en Austria, Holanda y Francia.

“Una Europa más fuerte en el mundo”. Este es uno de los objetivos que se marcó la nueva Comisión Europea en noviembre del año pasado. Su Agenda Estratégica fue aprobada en la Eurocámara por una amplia mayoría del 60%.

Por el momento, la actuación de los Estados miembro durante la crisis del coronavirus, supuestamente encaminada a la consecución de esos objetivos que mencionaba, ha conseguido que el 67% de la población italiana sienta que la pertenencia a la UE es una desventaja, según una encuesta realizada por la agencia de noticias Dire entre el 12 y 13 de marzo.

No olvidemos que Italia es uno de los países fundadores, donde el proyecto europeo siempre había gozado de un amplio apoyo social.

No creo que la Unión Europea vaya a desaparecer como consecuencia de la crisis del coronavirus, pero sí que la respuesta que demos a esta emergencia va a condicionar el futuro del proyecto.

La Europa social no puede volver a fallar o consolidará en el seno de la organización una desigualdad insalvable entre sus miembros, que la inhabilitará para hacer frente a los múltiples retos que tiene por delante. Contra todo pronóstico, la solución para salvar la Unión Europea pasa irremediablemente por la unión europea.

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