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  • Jorge Domingo Ferrando

Migraciones, un fenómeno global gestionado desde lo local

Actualizado: jun 21


FOTO: Guillermo Arias / AFP

Por su propia naturaleza, la migración es un fenómeno que incumbe irremediablemente a más de un actor. Por un lado, encontramos al territorio emisor de migrantes, mientras que, por el otro, está aquel que los acoge. O, incluso, algunas regiones pueden acabar involucradas en el proceso como zonas de tránsito. Sin embargo, la manera en la que se ha abordado este comportamiento demográfico a lo largo de la historia ha sido mayoritariamente unilateral. El resultado ha sido la vulneración de los derechos humanos de las personas migrantes a lo largo y ancho del globo.

Ahora, en un mundo globalizado, este fenómeno se ha convertido en una cuestión geopolítica de primer orden, que incumbe a más de un centenar de países y millones de personas. Por lo tanto, se podría alcanzar un consenso –uno pequeñito– alrededor de la idea de que se trata de un asunto global y que, por lo tanto, requiere una respuesta política multilateral.

No obstante, la gobernanza mundial de las migraciones siempre ha chocado con ciertos obstáculos que han sido difíciles de sortear. La soberanía de los Estados ha sido uno de los principales al considerarse que un acuerdo supranacional sobre la migración constituye una injerencia en los asuntos nacionales por parte de un actor externo. También la asimetría económica y política entre los países de origen y destino ha generado multitud de tensiones.

A esto, hay que sumar los cambios que se producen en los estados de opinión de las poblaciones sobre el propio fenómeno de la migración. Existen coyunturas en las que esta es percibida como una oportunidad, mientras que, en otros contextos, de crisis económica, por ejemplo, puede verse al inmigrante como una amenaza.

Un pacto mundial

Aun así, en 2018 vio la luz el Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular, bajo el amparo de Naciones Unidas (ONU), cuyo propósito es “fomentar la cooperación internacional sobre la migración entre todas las instancias pertinentes, reconociendo que ningún Estado puede abordar la migración en solitario”.

El propio texto reconoce que la migración “genera prosperidad, innovación y desarrollo sostenible” y busca potenciar esta faceta para que todos los actores implicados salgan beneficiados en el proceso.

El Pacto presenta un enfoque global, ya que pretende “reducir los riesgos y vulnerabilidades a que se enfrentan los migrantes durante las distintas etapas de la migración”, al mismo tiempo que persigue “mitigar los factores adversos y estructurales que impiden que las personas puedan labrarse y mantener medios de vida sostenibles en sus países de origen”.

Para articular este instrumento, los firmantes se dotaron de 10 principios rectores, entre los que se encuentran el desarrollo sostenible, los derechos humanos, la perspectiva de género o la perspectiva infantil. Además, el texto recoge 23 objetivos que concretan el propósito con el que nace este acuerdo internacional.

Asimismo, el Pacto se dota de “un centro de enlace que facilite soluciones personalizadas, integradas y en función de la demanda” para asesorar a las partes, “un fondo de puesta en marcha que proporcione financiación inicial para implementar soluciones” y “una plataforma mundial de conocimientos como fuente de datos abiertos en línea”. Además, la Organización Internacional para las Migraciones, la agencia especializa de la ONU en la materia, prestará apoyo actuando como coordinadora de lo estipulado en el Pacto.

El texto también establece la creación del Foro de Examen de la Migración Internacional como “la principal plataforma mundial intergubernamental donde los Estados Miembros discutirán y expondrán los progresos conseguidos en la aplicación de todos los aspectos del Pacto”.

Persisten los obstáculos

Sin embargo, con el Pacto Mundial para la Migración ocurre lo mismo que con muchas iniciativas internacionales: lo estipulado en el papel no acaba de materializarse en el mundo real.

Un aspecto que dificulta enormemente la gestión de las migraciones es la diferente naturaleza de sus dos procesos. La Declaración Universal de los Derechos Humanos reconoce en su artículo 13 que “toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado” y “a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país”. Sin embargo, la segunda parte del proceso, necesaria para completar la migración, que es llegar al país de destino, no está reconocida ni protegida como un derecho.

Esto se intentó solucionar con la Convención Internacional sobre la Protección de todos los Trabajadores Migratorios y sus Familias en 2003, que, si bien no reconoce la inmigración como un derecho, sí que establece las circunstancias en la que los derechos de las personas migrantes deben ser protegidos. El texto, lamentablemente, ha sido ratificado por una minoría de Estados.

El Pacto para las Migraciones, por su lado, cuenta con el apoyo de 164 Estados miembro de la ONU, pero han quedado fuera del mismo Estados Unidos y Australia, dos de los países que más migración reciben en el mundo. También República Dominicana y Chile saltaron del barco, a quien se les unió en América Latina Brasil tras la llegada del ultraderechista Bolsonaro al poder.

En Europa, un grupo de países, la mayoría del Este del continente, si bien no han dicho un no rotundo a formar parte del acuerdo, sí que pospusieron tomar la decisión y pidieron más tiempo para estudiarlo.

Además, es importante recalcar que el Pacto es un acuerdo intergubernamental no vinculante jurídicamente, por lo que su incumplimiento por alguna de las partes no crea responsabilidad penal ni puede remitirse a ningún tribunal. Aun así, se trata de un hito histórico en el diálogo internacional sobre migraciones. Sin duda, estamos ante un compromiso político y moral que marca la hoja de ruta destinada a solucionar uno de los grandes problemas del siglo XXI.

La historia reciente de Europa, con la nefasta gestión que se hizo de la crisis de los refugiados, nos ha enseñado cómo la migración se convierte en una crisis humanitaria cuando se aborda de manera unilateral. Además, el futuro no parece mucho más alentador, pues el auge de la extrema derecha en el Viejo Continente o la llegada de Trump a la Casa Blanca han puesto a los migrantes en el centro de la diana política y social de Occidente. Otro obstáculo que sortear en el camino hacia la gobernanza global de la migración. Mientras tanto, la tragedia persiste.



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